La Sensorización, la aparición de un nuevo protagonista en la ciudad

La Sensorización, la aparición de un nuevo protagonista en la ciudad

marzo 09, 2018

Las ciudades han ido cambiando de forma y de fondo a lo largo de su evolución. En la mayoría de los casos el cambio de mentalidad de las ciudades y su gobierno se ha traducido, para el público en general, salvo excepciones, en pequeños y progresivos cambios en el mobiliario urbano.

Hasta hace unas décadas puede definirse la evolución de dicho mobiliario como “analógica”, con una función in situ, sin mayor alcance más allá del papel para el que fueron diseñados. Las bombillas cambiaban de color (pese a que éstas se fundían), los pasos de semáforos empezaron a sonar para que las personas con discapacidad visual y los despistados fuesen conscientes de cuando mandaban ellos sobre el tráfico rodado, los bancos y las barreras adoptaban formas distintas, igual que los avisos y la señalización  que ahora ofrecen información en tiempo real.

La lista no se acaba ni la casuística tampoco porque cada ciudad siempre ha tenido la potestad de tener personalidad y sus propias competencias. La tecnología ha contraído el tiempo y el espacio de tal manera que, en la última década, la ciudadanía está siendo testigo de un conjunto de cambios muy veloces en el paisaje urbano. Muchos de ellos, más allá de las tendencias artísticas y estéticas, son tecnológicos y se basan en la sensorización. Este fenómeno que, como la mayoría de tecnicismos en castellano es una palabra polisílaba, alude a la implantación de dispositivos que recogen información acerca de un amplio abanico de variables cuantificables y envían información digital a centros receptores para su tratamiento, análisis y diagnóstico. Estos centros pueden ser especializados en una temática concreto (como las redes de medidores de la calidad del aire) o de una concepción mucho más holística e integradora de muchas variables.

La mayor parte de los especialistas están de acuerdo en que “casi todo se puede sensorizar” porque cualquier evento, natural o humano, es susceptible de contener información y ésta, a su vez, es susceptible de ser gestionada. Este fenómeno trata de dotar a la ciudad de terminaciones nerviosas… ¿Está triste? ¿Está enferma? ¿Por qué está débil? ¿Cómo se la puede tratar? ¿Qué necesita?

¿Qué paisaje se abre ante nuestros ojos? Básicamente es un paisaje similar al que conocen las generaciones que conviven hoy en día, pero cargado de electricidad. Ésta, junto con la información, es el alimento de los sensores, una información que nosotros también consumimos e incluimos dentro del ecosistema urbano. A lo largo de las calles, avenidas, parques y plazas empiezan a florecer elementos nuevos de diseño acorde a las tendencias actuales, muchas veces contrastando en forma y color con las edificaciones o el mobiliario.

Empiezan a multiplicarse la aparición de cámaras de vigilancia tal y como pronosticaron los gurús de la ciencia-ficción, bolardos automáticos que reconocen matrículas de vehículos con permiso para acceder a áreas residenciales, radares que controlan los excesos de velocidad, resaltos que se activan automáticamente, controles de afluencia, sensores de luminosidad, de riego de zonas verdes, paneles digitales que anuncian eventualidades espontáneas o planificadas del transporte público, medidores de contaminación, drones de reparto… Éstos últimos no son sensores en sí pero sí lo serán las balizas de guiado auxiliar que se instalarán en azoteas y los puntos WiFi públicos.

 

El paisaje sensorial también muta, las respuestas a incidentes se hacen más cortas y, por ejemplo, la impronta en la memoria de sucesos desagradables como accidentes, derrumbamientos, hundimientos es menor porque la sensorización facilita mejorar los tiempos de respuesta de cualquier protocolo habitual o de emergencias e, incluso, prever que acontezcan.

 

Dentro del imaginario colectivo también se forman ideas que, a priori, no son tan ventajosas, como la de trazabilidad. Una ciudad repleta de sensores puede facilitar la trazabilidad de sus ciudadanos, sus movimientos, costumbres, tendencias, etc.  Ante esta situación, no hay que olvidar las directrices que ponen en pie el concepto de ciudad inteligente, una ciudad que, pese a su alto grado de tecnificación, debe de reposar sobre legislaciones que garanticen el anonimato y la intimidad a la ciudadanía, sin dejar a nadie a merced de la tecnología y de sus posibilidades sin control.

 

Por su parte, las ventajas de los proyectos ya puestos en marcha avalan la presencia de sensores como elemento vivo dentro de la ciudad porque responden, como nosotros, a la presencia de “estímulos”. Un caso es el de Ávila, que cuenta con una red de sensores para evaluar distintos parámetros en lo referido a la conservación de su patrimonio, dentro del marco del proyecto europeo Smart Heritage City (SHCITY), incluido en el Programa Interreg. La sensorización del patrimonio de Ávila no se limitará a una foto fija, sino que la información estará viva y en constante cambio dado que ese es su objetivo, el diagnosticar dicho patrimonio, para ayudar a preservarlo.

La ciudad inteligente, previamente a la sensorización de su vida cotidiana establece un marco que regula qué información se capta, cómo se capta y para qué se capta. Los cambios estéticos no van a ser tan críticos como cuando se generalizó el asfaltado e iluminación del viario, pero sí alterarán el paisaje y sus dinámicas cotidianas como los desplazamientos, el ocio, el descanso y el trabajo.

Lo que si se transformará por completo dentro de unos años será la forma en que las personas se comuniquen con ese ente parcialmente abstracto y rematadamente complejo que es la ciudad, la cual cobrará “vida” gracias a la sensorización.

 

Enlaces de interés:

http://www.shcity.eu/

http://www.shcity.eu/adjuntos_publicaciones/SHCity-A2-Esp.pdf

http://www.lavanguardia.com/vivo/ciudad/20170220/42155611703/basura-smart-ciudad.html

 

Compartir en Redes Sociales

Artículos relacionados

Comenta el post

Your email address will not be published. Required fields are marked *